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DEL ÁRBOL A LA FÁBRICA

Chicza es un producto orgánico certificado y biodegradable, y además lo produce un consorcio de coperativas bajo un esquema de comercio justo.

El “chiclero” se acerca al árbol de chicozapote, lo recorre con la mirada, lo estudia, lo toca, lo “cala” antes de tomar una decisión. Elige el árbol ideal y comienza a trepar con gran habilidad usando tan solo su cuerpo y un par de herramientas simples. Desde abajo hace cortes en la corteza forma de “V” en zigzag, por ellos escurrirá la sabia del blanco látex que se convertirá en chicle.

Sube cada vez más alto, abrazado al árbol que le proveerá el sustento. Su habilidad es fascinante, el trabajo es duro y muchas veces peligroso, pero lo aprenden desde muy jóvenes observando a sus experimentados padres y abuelos. La cosecha de chicle sucede justamente durante la época de lluvias, cuando los árboles están bien hidratados y proliferan los mosquitos que atacan con incesantes piquetes.

Desde la base del tronco, que puede tener más de un metro de diámetro, hacen las incisiones en forma de zigzag que les sirven de apoyo para continuar trepando y avanzando sobre la corteza de árboles que alcanzan los 30 metros de altura. Llevan una cuerda atada en la cintura con la que se abrazan alrededor del tronco, mientras trepan, sostienen su propio peso apoyando los garfios de sus botas de hule en las nuevas incisiones.

Por estos cortes en “V”, escurrirá el látex que permea gota a gota hasta depositarse en las bolsas de henequén que han sellado con cera de abeja, y que ataron previamente en la base del árbol. Una vez “chicleado”, el árbol se deja “descansar” durante un periodo de por lo menos cinco años.